Opinió

Libertad de expresión o exterminio del contrario

A raíz de las detenciones de políticos catalanes por el Estado español se ha ido consolidando una forma de protestar por parte de la población catalana que se solidariza con ellos mediante la exposición de lazos amarillos, tanto en formato de cinta de tela como en pintadas con espray. Es preciso recordar que esta solidaridad no va implícitamente ligada a la opción independentista, sino que responde a una concepción del Estado de derecho basada en la equidad de la justicia, que muchos de nosotros apoyamos mientras otros prefieren patear.

Esta campaña de solidaridad humana está siendo contestada por una parte de la población catalana retirando los lazos o modificando los lazos pintados en amarillo en una bandera rojigualda.

Estas acciones se denominan libertad de expresión según la fiscal general del Estado, María José Segarra, porque argumenta que “unos ponen los lazos” y “otros los quitan porque están en contra”, o sea que, ya lo sabemos, a partir de ahora podemos ir arrancando pancartas, carteles electorales y todo aquello que no se identifique con nuestra forma de pensar. Ésa es la nueva definición de libertad de expresión. ¿Entonces cuál debe ser la definición de respeto al pensamiento de los demás?

Realmente estamos en un proceso de destrucción de valores, de contenidos compartidos, de conceptos excluyentes, de manipulación de definiciones, de imposición de unos sobre otros. Los que ostentan puestos de responsabilidad institucional deberían ser los garantes del equilibrio ciudadano, de transmitir los valores humanos como algo superior a la propia política, porque entrar en el terreno en el que estamos entrando sólo vislumbra una cosa: el desencuentro permanente con el incremento día a día del conflicto en la convivencia de Catalunya.

Arcadi Espada, de Ciudadanos, podría dedicarse a dar ejemplo poniendo su mensaje al lado del otro mensaje que no le gusta y no destruyendo lo que otro ha realizado porque esa actitud sólo lleva un mensaje: la confrontación física. Estamos en una etapa de putrefacción de la política, de negar al contrario. Borrar el lazo que ha pintado el otro es la antesala de su eliminación por la fuerza, además de una acción típica de los nazis, despreciando el debate y la razón como arma política basada en el respeto al adversario.

La dialéctica ha estado sustituida por las acciones barriobajeras, eso sólo deslegitima a quien las practica. Si no recuperamos el “seny” todos y todas ya podemos ir desempolvando los argumentos no dialécticos.

Este proceso parlamentario iniciado de forma irrespetuosa y saltándose todas las formas parlamentarias que requería el “procés” en la legislatura anterior del Parlament de Catalunya llevó al 1 de octubre a acciones represivas sangrantes contra la población civil de Catalunya por parte del Estado español. A partir de ahí se han activado todas las señales de ambos bandos para avanzar hacia sus objetivos y curiosamente el avance es para “destruir” en lugar de “construir”.

Si nuestros representantes políticos tuvieran la más mínima decencia en su análisis, y por lo tanto en su posicionamiento ante el conflicto de Catalunya, la situación sería otra. Lo peor de todo esto es que quien está pagando y va a seguir pagando las consecuencias somos siempre los mismos, el pueblo, o como ahora gusta decir “la ciudadanía”.

Se ha envenenado a la ciudadanía de Catalunya, tanto en un sentido como en otro, hasta extremos impensables hasta hace cinco años. Ya no se utilizan argumentos dialécticos, que deberían ser la base de la acción política, sino que vale cualquier cosa para atacar al adversario. Circulan todo tipo de mensajes por Whatsapp, en Facebook y en Twitter, de uno y otro signo, llenos de basura, intentando ridiculizar al otro en muchos de los casos, pero que acaban desarrollando un sentimiento de choque con la otra parte, olvidando que una sociedad donde la convivencia no se respeta está abocada a su autodestrucción.

Así comenzaron en la Alemania de los años 20 con la población judía y acabaron con una estrella colgada del pecho convertida en cenizas. O, en 1991, en los Balcanes, con los bosnios, croatas, macedonios… O en Ruanda en 1994. O los hechos acaecidos en 1991 en el desmembramiento de la antigua URSS, y tantas otras ocurridas en todo el mundo donde el inicio fue siempre el mismo, el enfrentamiento entre comunidades humanas siempre por la imposición de un Estado o grupo étnico sobre otro grupo.

Este tipo de conflictos sólo favorecen a una clase social, el capitalismo, el pueblo siempre pierde. Y es el que paga las consecuencias con sangre y miseria. No caigamos de nuevo en esa trampa. Resolvamos los conflictos con inteligencia y empatía. Aún estamos a tiempo. No votemos a los que alimentan estas estrategias, votemos a los que nos facilitan una vida digna y en paz.

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