No hace falta el lujo, tampoco alharaquear en exceso o apuntar enormes pretensiones. En la mayoría de las ocasiones la desnuda sencillez; la simplicidad; pero sobre todo la autenticidad, acaban siendo los valores que las personas aprecian. Ayer por la tarde se vivió en el barrio de Ca n’Aurell una de esas historias que probablemente no acaparan grandes titulares: el cierre de un comercio. Muchos dirán: es uno más. Un establecimiento que ya no volverá a levantar la persiana, como ha sucedido lamentablemente con otros. Es cierto. Pero lo que resulta habitual, ayer por la tarde tuvo un carácter excepcional.
El colmado, autoservicio, supermercado y punto de reunión social conocido como “Ca La Rosita”, en el corazón de Ca n’Aurell, cerrará este sábado definitivamente sus puertas tras más de sesenta años de historia. Es el adiós de un comercio de barrio, probablemente el más antiguo que todavía permanecía abierto en Ca n’Aurell y muchos de sus vecinos organizaron una fiesta sorpresa para Rosita Canales, que a sus 89 años de edad y después de “tener una vida muy difícil”, como señalan con cariño algunas vecinas, acudió sin tener ni idea al evento. También fue el reconocimiento para su hijo, David, de 43 años, que reflotó el negocio en un momento complicado y que mantuvo a una clientela fiel que ayer le demostró todo su afecto.
Corte de tráfico
Lo que empezó siendo un deseo de “hacer algo porque cerraba y queríamos agradecer todo lo que nos ha dado”, señalaba Núria Cot, que junto a Bet Povill han sido dos de las impulsoras de esta celebración, derivó en una fiesta por todo lo alto. Más de 150 vecinos se citaron en la calle de Antoninus Pius, donde se encuentra Autoservei Rosita, nombre oficial del establecimiento. La calle, entre Nicolau Talló y Galileu, se cortó al tráfico y afloraron las emociones, ciertamente intensas.
Casi con una precisión británica, los vecinos se concentraron junto a la Cambra de Comerç poco antes de las 7.30 de la tarde. Desde este punto se dividieron en dos grupos y encabezados por sendas pancartas y haciendo sonar con fuerza silbatos se dirigieron a “Ca la Rosita”. Allí, su propietaria, ajena a todo lo que se había organizado estaba en la tienda con su hijo, David, que tampoco sabía nada. Su esposa, Meritxell, había sido el aliado secreto de los organizadores.
Cuando llegaron a la altura del número 64 -no hay cartel exterior del establecimiento- Rosita y su hijo no salieron de su asombro. Se fundieron en un abrazo y las lagrimas empezaron a surcar por sus mejillas y las de muchos de los vecinos que emocionados participaban en este sincero acto de reconocimiento.
El Drac Baluk, representante de la cultura popular del barrio, también se unió a esta celebración. El calor era asfixiante, pero todavía lo era más la profusión de muestras de cariño. Rosita, que a punto de cumplir los 90 años se encuentra en un estado de salud excepcional, estaba extasiada. David intentó desde el primer momento dar las gracias a todos y cada una de las personas que acudieron.
Tras los primeros abrazos llegó la lectura de un escrito “redactado con cariño, pero con nostalgia. Nuestra tienda dejará de formar parte de nuestro día a día. Aqui siempre hemos tenido el valor añadido de sentirnos como en nuestra casa. En “Ca la Rosita” se toma el pulso al barrio” se dijo.
David, micrófono en mano, agradeció la sorpresa. “No tenía nada preparado”, aseguró abrumado. “Sin vosotros esto no habría podido existir nunca. Para mí es muy importante, pero sobre todo estoy contento por mi madre. Es una persona que ha luchado mucho y se merece algo así”.
Rosita Canales, poco después, intentaba relatar sus sentimientos. “Verdad que esto no se paga con dinero”, preguntaba orgullosa. “Ha sido una gran sorpresa. Yo estaba en la playa y mi nuera me ha traído sin decirme nada. Después ha llegado todo esto. Nunca podía imaginar algo así”. Rosita no duda en afirmar: “el sábado cerramos, pero yo vivo arriba de la tienda y las vecinas ya saben dónde deben ir”.
Obsequios
A los discursos se unieron los regalos, que entregaron diversos clientes. Destacó el centro de flores que recibió Rosita Canales de Joaquim Capella, de 101 años de edad y también en un estado de forma excepcional. Lucía, Teresa, Montserrat y Librada también repartieron a la familia Canales un libro de dedicatorias, unos simpáticos muñecos y el regalo de una cena y un delantal firmado que David no tardó en ponerse. También se cantó una canción de Lluís Llach. No acabaron aquí las sorpresas. Poco después aparecieron las “teresines” y hasta Rocío Jurado -vecinos del barrio que se disfrazaron- para continuar con una fiesta que concluyó con una cena de hermandad.
Unos días antes de esta celebración se realizó un contacto con clientes para planificar qué hacer. Fue un encuentro en la plaza del Progrés al que asistieron más de sesenta personas. En ese momento ya se empezó a constatar que la cosa perdía su anonimato. El “whatsapp” ha sido el arma comunicativa. Bajo el nombre “Comiat Rosita-David” se ha ido dando forma a esta singular iniciativa. Incluso se había creado una “junta directiva” de la cita.
“El pequeño comercio se está muriendo. Las tiendas de barrio van desapareciendo y es muy triste”, aseguraba ayer Núria Cot. “Para nosotros Ca La Rosita es un punto de encuentro. Muchos vecinos quedan aquí para hablar y es mucho más que un colmado”, insiste Cot.
Todos recuerdan anécdotas vividas en este establecimiento, pero también existe un agradecimiento especial para David, continuador del negocio. “Es un encanto. Siempre nos ha cuidado mucho. Yo soy mayor y tengo muchas dificultades para moverme. David siempre me lleva la compra a casa, pero no sólo eso. Se interesa por pequeños detalles y todo ello ha generado una gran amistad. De verdad es que es triste que no siga abierto”, indica Lucía López, otra de las vecinas.
Autoservei Rosita se encuentra en el número 64 de la calle de Antoninus Pius y abrió en este enclave en 1964, pero nació unos metros más arriba como carnicería aunque su propietaria no recuerda cuando fue exactamente, pero han sido más de sesenta años de historia de un comercio de barrio.
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